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Crónica Negra de la II República Española. Genocidio marxista en el Partido Judicial de Estepona.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Artículo especial en alertadigital: La Monarquía inútil: 23F, el golpe de Zarzuela

 
Por Enrique de Diego.- 
 
El 22 de noviembre de 2008, en el programa de referencia de Intereconomía TV, Más se perdió en Cuba, debatíamos sobre la transición el tenaz e ilustrado republicano, Antonio García-Trevijano, el ex ministro y uno de los protagonistas de la transición, Fernando Suárez, el profesor de Derecho Constitucional, Ramón Peralta, el periodista e historiador, Jesús Palacios y el autor de estas líneas, pastoreados por el director del exitoso programa, Xavier Horcajo.
Sin que fuera el objeto directo del debate, García-Trevijano trajo a colación el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Afirmó que, en fechas ulteriores a la asonada, publicó un artículo en el diario El Mundo en el que establecía que Juan Carlos había sido el organizador del 23-F. García-Trevijano sustentaba su tesis en el estudio de los textos del rey. Hay un párrafo del fax remitido a Jaime Milans del Bosch en la madrugada del 24 de febrero que no deja demasiado margen a la interpretación: “Después de este mensaje ya no puedo volverme atrás”. Sugiere, con bastante claridad, una connivencia previa. Se ha pretendido que fue un error fruto de la improvisación de una noche de nervios, pero, en realidad, el cable remitido a la Capitanía General de Valencia fue redactado por el secretario de la Casa Real, Sabino Fernández Campo, revisado por varios colaboradores y por el propio Juan Carlos, quien muy probablemente fue quien introdujo la frase en cuestión.

En el programa de Más se perdió en Cuba, García-Trevijano reveló que, a raíz de su artículo, en una ocasión se le había acercado Sabino Fernández Campo, quien le confirmó que Juan Carlos había sido el organizador del golpe de Estado. Y que esa aseveración le fue más extensa e intensamente confirmada en un posterior almuerzo privado que mantuvieron ambos.

Poco sentido hubiera tenido confirmar, en su día, tal información con el ya fallecido Sabino Fernández Campo, de quien podría esperarse o un espeso silencio o un rechazo rotundo. Pero tiene menos sentido aún porque Sabino Fernández-Campo sí habló y lo que dijo, desde luego, no puede entenderse, bajo ningún concepto, como un desmentido.

La versión del golpe de Estado del 23 de febrero de Sabino Fernández-Campo se contiene en el libro Sabino Fernández Campo, la sombra del Rey, del periodista Manuel Soriano. Se trata de una biografía hagiográfica, es decir, de una alabanza del personaje. Para muestra vale un botón: “el permanente ejercicio de la crítica es común al asturiano, pero en el ovetense, como él, ya se sublima”. Y otro botón: “un hombre apuesto, de una elegancia sencilla, natural y nada sofisticada”. La publicación en la última edición, en 2008, de una entrevista con el propio Sabino, concede al libro la condición de ‘biografía autorizada’, es decir, revisada y dado el conforme.

De hecho, el autor no sólo narra los hechos, desde la óptica del biografiado, y recoge sus opiniones, también tiene acceso a sus más íntimos y terribles sueños. “A Sabino Fernández Campo le dieron un título nobiliario con grandeza de España. A Alfonso Armada lo condenaron a treinta años de prisión. Esa es la diferencia entre el ganador y el perdedor del pulso que el ex secretario y el secretario del Rey se echaron el 23 de febrero de 1981. Podía haber sido al revés. Sabino Fernández Campo se ha visto, en sueños, como un rebelde y con un final más dramático incluso. Los tanques llegan al palacio de la Zarzuela y el Rey los recibía exclamando: ‘¡Menos mal que habéis llegado, Sabino me tenía secuestrado!’. Un fuerte dolor en el pecho le despertaba con el recuerdo, aún fresco y angustioso, de haber recibido un tiro en el corazón. Había sido una pesadilla”.

La interpretación de Sabino Fernández Campo incluye los siguientes elementos: a) fue un golpe de Zarzuela; b) un pulso interno entre Armada y Sabino; c) Juan Carlos siempre pudo optar por una u otra solución. Desde luego, el final de la pesadilla no deja en buen lugar el nivel moral del monarca al que sirve, tan capaz, al menos en sueños, de nombrarle conde de Latores como de fusilarle. Es tan curioso y antinatural ese oficio vitalicio y, además, hereditario de rey, de primer funcionario de la nación, que carece de la lealtad hacia sus colaboradores que estos le conceden, con frecuencia, de manera servil, como son los casos de Alfonso Armada y Jaime Milans del Bosch que no fueron fusilados, pero recibieron condenas de treinta años por llevar a cabo un golpe notoriamente monárquico.

Resume Manuel Soriano que “el 23-F fue como una inteligente e igualada partida que disputó el general Fernández Campo frente a los dos generales más monárquicos del Ejército español. Milans del Bosch y Armada”. A los dos los conocía muy bien –dice-, y “los dos estaban imbuidos de ideas mesiánicas: salvar a España y al Rey del peligro que corrían”, guiados por un “monarquismo ciego” y “dolidos con la democracia porque se consideraban maltratados”. Estas reflexiones son ulteriores al 23-F y caben interpretarse como meros ejercicios de propaganda denigratoria para, en el terreno de las motivaciones, colar de rondón la hipótesis de un golpe de Estado dado por monárquicos a favor del rey pero contra el rey o sin su conocimiento. Sin ucronías, sin saltos en el tiempo, el 23 de febrero Alfonso Armada y Jaime Milans del Bosch eran las referencias monárquicas del Ejército, los amigos del Rey.

En el caso de Alfonso Armada, su más constante, valorado y leal servidor. Manuel Soriano, o Sabino Fernández Campo a través de Manuel Soriano, indica de Alfonso Armada que “era tanta la confianza que tenía con don Juan Carlos que no limitaba sus opiniones”, lo cual considera una extralimitación de funciones. Las horas de despacho entre Alfonso Armada y Juan Carlos se calculan en torno a las quince mil. Se necesita ser muy inútil para no detectar a un traidor con tanto trato. Cuando Armada marcha de gobernador militar de Lérida, Juan Carlos deja sentado y escrito que seguiría contando con su consejo.

El golpe de Estado no hubiera sido posible sin el nombramiento inmediatamente anterior de Alfonso Armada como segundo jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor. Los datos cronológicos son altamente significativos: Alfonso Armada y Juan Carlos se entrevistan el 18 de diciembre de 1980, el 22 de diciembre Juan Carlos informa a Adolfo Suárez de que quiere nombrar a Armada 2º JUJEM, Suárez se opone (según Soriano-Sabino, porque Suárez sospecha de sus tendencias golpistas, pero es más lógico pensar en animadversión personal y política, puesto que Armada siempre fue contrario a Suárez); el 3 de enero de 1981 vuelen a reunirse durante varias horas Juan Carlos y Armada en el refugio de montaña de La Pleta, en Baqueira Beret; el 26 de enero, Adolfo Suárez comunica a Juan Carlos su dimisión; el 29 de enero se hace pública la dimisión; el 3 de febrero, desde el aeropuerto de Barajas, y antes de salir hacia el País Vasco, Juan Carlos comunica a Armada que ya ha firmado su nombramiento como 2º JUJEM; el 6 de febrero, tras los graves incidentes en la Casa de Juntas de Guernica y con Federica, la madre de la reina Sofía, de cuerpo presente en Madrid, Juan Carlos se entrevista con Armada en Baqueira Beret; el 11 de febrero, vuelven a verse en el funeral ortodoxo de la reina Federica y Juan Carlos muestra tan inusitado interés en entrevistarse de inmediato con Alfonso Armada que hay que mover las audiencias del día 13, y suspender la prevista con Alfonso de Borbón, duque de Cádiz, para que el segundo JUJEM tenga acceso a Zarzuela. Del libro de Soriano-Sabino se deduce que hubo, sin que concrete, una entrevista más antes del 23 de febrero.

Si Armada estuviera conspirando contra Juan Carlos o preparando un golpe a favor del rey pero sin o contra la voluntad del rey, ese calendario sería, por completo, absurdo. Dejaría a Juan Carlos como un retrasado mental o un completo incapaz en continua francachela con el mismísimo jefe de la asonada, que es, para entendernos, su mayordomo de siempre.

Una parte de la verdad del golpe zarzuelero nunca la sabremos, porque pertenece al secreto mantenido por ambos personajes sobre conversaciones mantenidas sin testigos. A fuer de incidir en que Armada no es un rebelde, ni un disidente, sino personal de confianza, lacayo del monarca, el general pidió permiso a Juan Carlos para hacer pública, en el juicio, y en aras de su defensa, la entrevista mantenida el 13 de febrero. Soriano-Sabino indica que esa autorización le fue denegada. Esto de un golpista pidiendo permiso es, desde luego, chocante.

En el programa de Más se perdió en Cuba, al que he hecho referencia, y del que surgen estas páginas, luego explicaré por qué, estaba, como he reseñado, el periodista e historiador Jesús Palacios, autor del libro 23-F: El golpe del CESID, publicado por Editorial Planeta. Recomiendo vivamente ese libro, por ahora el mejor sobre la asonada zarzuelera, para quien quiera tener una visión pormenorizada de los hechos, realizada mediante un profundo trabajo de investigación. En mi caso, considero que un exceso de detalles, en el momento actual, sirve más para confundir que para aclarar, y no pretendo investigar nada, porque los hechos fundamentales están suficientemente claros para permitir establecer interpretaciones ajustadas a ellos.

En el citado libro de Jesús Palacios se da una versión más prolija de esa curiosa escena del golpista pidiendo permiso al supuesto desactivador del golpe. Armada manda un escrito a Juan Carlos que parafrasea Palacios: “Señor, podéis estar seguro de que mi lealtad la mantendré hasta el final y que me sacrificaré, pero también debo limpiar mi nombre y salvar el honor de mi familia, de mi apellido, de mis hijos y el mío propio. Por ello os pido autorización para revelar el contenido de la conversación del 13 de febrero, de la que tengo recogidas notas exactas”. Extraño golpista, desde luego. La contestación, para no comprometerse el monarca, le es llevada de manera verbal: “No puedo autorizarte a revelar el contenido de esa conversación puesto que desconozco lo que quieres exponer, pues aunque tú tengas notas recogidas de la misma, yo no las tengo y no sé lo que vas a decir”. Y Armada no dijo nada.

Obedece, a pesar de que le va en ello la cárcel (30 años en la sentencia del Supremo), alguien que se supone que se ha rebelado, con las armas, contra el rey. Increíble, sino fuera completamente cierto.

También es muy chocante lo que cuenta Soriano-Sabino sobre el libro El rey (Plaza y Janés), de conversaciones entre el aventurero Juan Carlos y el frívolo aristócrata José Luis Villalonga. La primera edición se publicó en Francia. La edición española apareció mutilada, porque, según cuenta Soriano-Sabino, “en la edición francesa, que se publicó primero, figuraban algunos párrafos que ofendieron especialmente al general Alfonso Armada, quien exigió que se suprimieran en la edición española. Así se hizo y no salieron”. Extrañísima relación, en la que se atiende la exigencia del traidor golpista. El párrafo que se suprime dice: “Y alzando la voz, súbitamente indignado, don Juan Carlos dice: Dime, José Luis, ¿quién iba a creer que el Rey no estaba en el ajo si Alfonso Armada se instala en los teléfonos de la Zarzuela? Sabino estuvo de acuerdo conmigo y nosotros decidimos que sería el rey el que llamase personalmente, uno tras otro, a todos los capitanes generales. Con el resultado que tú sabes”.

Y, sobre todo, se quita de la edición española un comentario de José Luis Villalonga en el que tilda del más despreciable de todos los conspiradores a Armada, cuya traición ha sido una cuchillada en la espalda del rey. Y el Borbón apostilla. “Es infinitamente, triste, José Luis, descubrir que un hombre en el que había puesto toda mi confianza desde hace muchos años me traicionaba con tanta perfidia”. Si Armada ha sido el organizador del golpe, las aseveraciones regias son atinadas y justas. ¿Por qué entonces, ante la protesta de Armada, se suprimen en la edición española? No se atiende nunca el requerimiento de un pérfido traidor. Aquí sí, porque no lo es y puede irse de boca.

“Asimismo, desaparecieron de la edición española algunas alusiones al capitán general de Valencia, que sacó los tanques a la calle.

Por ejemplo, la de la página 169: ‘Es sabido, Señor, le dije al Rey, que Milans no era muy sutil, ¿pero era tan obtuso como para creer que Vuestra Majestad iba a arropar el golpe de Estado? No –contesta Juan Carlos-, pero yo pienso que él creía que, ante el hecho consumado, yo no podía más que inclinarme a ello. En esto me conoce mal”. Aunque Soriano-Sabino no lo explicita, da toda la impresión de que la mutilación se debe a la protesta de Milans del Bosch. Tiene especial interés la censura porque afecta a la hipótesis interpretativa de un golpe de monárquicos contra el rey mediante la generación de una situación de hechos consumados.

No paran ahí las mutilaciones, altamente significativas. “En la página 174 de la edición francesa, el penúltimo párrafo termina con la exclamación ‘¡Verdaderos amateurs!’, referida a los golpistas. A continuación, unas declaraciones en primera persona del rey que no aparecen en la edición española: “Si yo fuera a llevar a cabo, dice don Juan Carlos, una operación ‘en nombre del rey’, pero sin el acuerdo de éste, la primera cosa en la cual habría pensado sería en aislarle del resto del mundo impidiéndole que se comunicara con el exterior. Y bien, esa noche yo hubiera podido entrar y salir de la Zarzuela a mi voluntad y, en cuanto al teléfono, ¡tuve más llamadas en unas pocas horas que las que había tenido en un mes! De mi padre, que se encontraba en Estoril –y se sorprendió mucho de poder comunicar conmigo-, de mis hermanas que estaban en Madrid e, igualmente, de los jefes de Estado amigos que me llamaban para alentarme a resistir. ¡Era un golpe de Estado montado sin sentido común!. Y don Juan Carlos añade: ‘¡A Dios gracias, pues si yo no hubiera podido tomar contacto, como lo hice, con los capitanes generales, no me quiero imaginar lo que hubiera podido pasar!”.

Recalco el estupor, y casi la hilaridad, que produce esta mutilación del texto de exaltación de la frivolidad regia (Soriano-Sabino indica que nunca fue partidario de la publicación, ni de la chabacana elección de Villalonga como notario) en la que se suprimen: a) referencias vejatorias contra los golpistas, traidores, por lo demás, dado su acendrado monarquismo, contra la lógica del ensañamiento del supuesto traicionado; b) reflexiones lógicas imprescindibles para entender un golpe dado por la ‘camarilla’ pero ‘contra el rey’.

La cuestión es que el golpe del 23-F nunca fue ‘contra el rey’, sino ‘a favor del rey’, y por eso nunca hubo ningún plan para tomar Zarzuela. Me remito de nuevo a la interpretación Soriano-Sabino: pulso entre Armada y Sabino, juego de ajedrez, Zarzuela pura.

Da la impresión de que Juan Carlos se ha terminado creyendo el papel heroico que le ha concedido la propaganda monárquica desplegada después del golpe, de modo que ha interiorizado que fue él quien lo paró. La mentira tiende a hacer perder el sentido de la realidad. Quien desbarató el golpe no fue el monarca, sino el teniente coronel Tejero impidiendo el paso a Alfonso Armada al hemiciclo para que se dirigiera a los diputados para proponerles el gobierno de concentración nacional, presidido por el propio Armada, y en el que figuraba Felipe González como vicepresidente y dos comunistas como ministros, lo que terminó por romper todos los esquemas de Tejero y le hizo ser consciente de que había sido utilizado.

Según el filósofo Karl Popper, en su libro La sociedad abierta y sus enemigos (Editorial Paidós, Barcelona, 1991), “debería renunciarse a la ingenua creencia de que cualquier conjunto de datos históricos sólo puede ser interpretado de una manera. Pero esto no significa, por supuesto, que todas las interpretaciones sean de iguales méritos. En primer lugar, siempre hay interpretaciones que no están realmente de acuerdo con los datos aceptados; en segundo lugar, existen algunas que necesitan cierto número de hipótesis subsidiarias más o menos plausibles para resistir la evidencia de los hechos registrados, por último las hay incapaces de relacionar un número dado de hechos que otra interpretación sí puede vincular y, en esa medida, explicar”, de modo que “diferentes interpretaciones podrían incluso complementarse mutuamente”.

Añade Popper que “toda generación tiene sus propias dificultades y problemas y, por lo tanto, sus propios intereses y puntos de vista, de donde se desprende que cada generación tendrá derecho a mirar y reinterpretar la historia a su manera, lo cual complementará los enfoques de las generaciones precedentes”.

Es decir, no podemos tener la verdad absoluta o la interpretación definitiva sobre un hecho histórico, pero sí podemos eliminar aquellas interpretaciones que no están avaladas o son desmentidas por los hechos. Y traigo a colación esa legítima revisión de las interpretaciones por las nuevas generaciones porque pocos días después del mencionado debate en el programa Más se perdió en Cuba, mantuve una conversación con un despierto e ilustrado universitario, el cual, ante los simples datos de que Alfonso Armada se había entrevistado con Juan Carlos diez antes del golpe y había sido nombrado por éste menos de dos meses antes segundo jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor, puso una cara de sorpresa inenarrable. Aquello no le cuadraba nada con el golpe de Estado ultraderechista, involucionista y franquista, que gallardamente Juan Carlos había desactivado.

No le cuadraba porque eso es una mentira grosera, una exitosa operación de propaganda zarzuelera, favorecida por esa imagen mediática de Tejero pegando tiros al aire, tableteo de ametralladoras e intento de zancadillear al teniente general Gutiérrez Mellado.
No hay imágenes de la decisiva entrevista entre Alfonso Armada y José Antonio Tejero. Sí las hay del mensaje del rey por televisión, posterior, por cierto, al tenso encuentro entre el duque de Armada y el mero instrumento del golpe zarzuelero. Y vivimos en un mundo en el que se rinde culto a la imagen. Ya digo que faltan imágenes del tenso momento clave en que Tejero rechaza la ‘solución Armada’.

Reitero la referencia al programa Más se perdió en Cuba de 22 de noviembre de 2008 por su mera importancia para mi intrahistoria, en el sentido de justificar que no haya escrito hasta ahora sobre el 23-F y para indicar el momento en el que se me despierta el interés. Había tenido una aversión hacia ese hecho histórico por la grosera mentira montada a su alrededor en una estricta y nauseabunda operación de propaganda monárquica. La que lleva a Juan Carlos a pavonearse de que el fallo del golpe fue no incomunicarle, como si alguna vez se les pudiera haber pasado por la cabeza a personas de la mentalidad de servilismo monárquico de Alfonso Armada o Jaime Milans del Bosch tomar la Zarzuela y decirle algo así como ‘Señor, queda detenido’ o ‘Señor, queda confinado en sus habitaciones’ o ‘Majestad, hemos venido a salvarle de sí mismo’.

He hecho referencia a la conversación con el joven universitario, porque fue el descubrimiento de una responsabilidad: no se puede seguir trasladando a las nuevas generaciones la tosca mentira que ha sido aceptada por las anteriores. La repetición de una mentira no la convierte en una verdad. Y sobre el 23-F se han repetido demasiadas mentiras, demasiadas veces.

En términos de eliminación de errores, de interpretaciones falsas porque son desmentidas por los hechos, no puede seguir sosteniéndose, porque es mentira que:

1.- El 23 de febrero fue un golpe de ultraderecha, involucionista y franquista, para acabar con la democracia.

Este supuesto adquiere sólo alguna dosis de veracidad cuando, en la entrevista con Alfonso Armada, Tejero pide una Junta Militar y llega a romper la disciplina con Jaime Milans del Bosch. Pero ahí, de hecho, el golpe está muerto y se trata de un mero coletazo.

Tejero sí era ultraderechista, involucionista y franquista, pero fue mero instrumento, ni jefe, ni inspirador, ni ideólogo del golpe.
Esa interpretación queda directamente desmentida por el hecho de que los dos principales mandos del golpe, Alfonso Armada y
Jaime Milans del Bosch, son monárquicos, servidor uno y amigo el otro de Juan Carlos, de lealtad probada. Alfonso Armada dixit, y reproduce Palacios, sin ningún matiz ni género de dudas: “antes, durante y después del 23-F he estado a las órdenes del rey”.

El 23-F careció de trama civil, como hubiera sido lógico y necesario si se hubiera tratado de un golpe ultra. Como reseña Jesús Palacios, quien más se ha acercado a la verdad sobre el 23-F y es de justicia reconocérselo, “tras el fracaso del golpe comenzó a airearse el nombre de grupúsculos y personas vinculados a la ultraderecha como parte o apéndice de la trama golpista militar. Nada más lejos de la realidad. Al sector ideológico de la extrema derecha –léase Fuerza Nueva, Falange Española, Confederación de Combatientes y grupos afines, convergentes o divergentes- les pasaron completamente inadvertidos los instantes previos al golpe.

No se enteraron hasta la irrupción de Tejero en el Congreso. ¿Que de haberlo sabido habrían participado con gusto si se hubiera contado con ellos? Sin duda. Hasta con entusiasmo y decisión. Pero se los mantuvo decididamente al margen. No significaron absolutamente nada”.

La presencia de Juan García Carrés (ex dirigente de los sindicatos verticales franquistas) es marginal, testimonial y a simple título de amigo de Tejero. Milans lo llega a expulsar de una de las reuniones conspiratorias.

También ha de ser desechada, por no sostenerse en los hechos, la siguiente interpretación:

2.- El 23-F fue un golpe de Estado del Ejército o de los sectores más duros e involucionistas.

Evidentemente, se trata de un golpe dado por militares, pero sólo de los de significación monárquica, con el añadido instrumental de un golpista vocacional y con precedentes en la llamada operación Galaxia. Sin duda, Jaime Milans del Bosch es un hombre de derecha dura o extrema, si se quiere, pero en él prima su monarquismo. Alfonso Armada es un militar conservador (al que Soriano-Sabino presenta, para desacreditarle, como tardofranquista y fanático religioso), pero de absoluta y directa lealtad a Juan Carlos.

La firma Almendros que rubrica una serie de tres artículos, en el diario El Alcázar, previos al golpe justificativos de una intervención militar no correspondió a ningún colectivo, sino que Jesús Palacios prueba que salieron de una sola pluma, la del general Manuel Cabeza Calahorra. El testimonio de éste a Jesús Palacios señala taxativamente que “jamás estuvo en el ánimo de nadie forzar la situación hacia una involución. Ni destruir el sistema democrático. Por el contrario, se trataba de reforzarlo, porque corríamos el riesgo de introducirnos en una espiral muy peligrosa. La transición se hizo con grandes dosis de improvisación y de osada ignorancia”.

El golpe contempla exclusivamente movimientos en la capitanía general de Valencia y de la División Acorazada Brunete (que no saldrá) y bajo la coartada o subterfugio de ‘mantener el orden’ ante el asalto al Congreso. En ningún momento hay estrategia ni previa ni se desencadena durante el golpe para que se produzca un movimiento en cadena de adhesiones por parte de Capitanías o de unidades militares. No hay el manifiesto típico en un pronunciamiento.

Como indica Jesús Palacios, “en el golpe de salón que fue el 23-F nunca hubo el más mínimo riesgo de división del ejército y mucho menos de enfrentamiento militar. Aquella tarde noche los capitanes generales se pusieron, sin excepción, a las órdenes de su majestad. Y esperaron tranquilamente sus instrucciones. La cuestión del orden constitucional no tuvo una gran importancia y en todo caso fue algo secundario”.

Es mucho más plausible y cercana a la verdad, la interpretación de que:

3.- El 23-F fue un golpe monárquico, dado con conocimiento del rey.

No hay mucha duda respecto a la veracidad de esta interpretación. El golpe nunca hubiera sido posible sin la presencia en Madrid, en el epicentro de los hechos, del general Alfonso Armada, que es traído al puesto clave de la Junta de Jefes de Estado Mayor por interés e iniciativa personal de Juan Carlos, quien encuentra resistencias en Adolfo Suárez, solventadas tras la dimisión de éste.

Juan Carlos y Armada mantienen un contacto estrecho y constante desde diciembre hasta febrero. No es verosímil que Armada hubiera seguido con sus planes golpistas de haber encontrado la más mínima reticencia en el monarca. De hecho, de la entrevista notoriamente golpista de Armada con Milans del Bosch el 10 de enero de 1981, en la Capitanía General de Valencia, el primero informa a Juan Carlos. “El Rey –dice Armada a Palacios- conocía todos mis contactos, incluidas mis entrevistas con Milans. Con todo detalle”.

4.- El 23-F fue un golpe monárquico, inspirado e instigado por el CESID, con el conocimiento del rey, para reconducir la situación política y corregir los errores de la transición, especialmente los referidos a las autonomías.

Esta es la plausible tesis que documenta, de manera muy prolija, Jesús Palacios, y que entra de lleno en el auténtico contenido político del golpe. “Con el golpe de Estado se pretendía reforzar un nuevo pacto democrático utilizando elementos de ultraderecha antidemocráticos. Tal juego maquiavélico buscaba matar varios pájaros de un tiro. De un lado, ofrecer una satisfacción a quienes querían dar una lección a la clase política que estaba actuando frívolamente, castigar a Suárez en lo político y a Gutiérrez Mellado en lo militar, imponer el efecto vacuna anulando otras pretensiones golpistas no controladas en el futuro,, extender un cheque en blanco para que el nuevo gobierno surgido del consenso bajo la presión de la amenaza y las armas, no tuviera cortapisas para afrontar la reforma constitucional, política y autonómica y apaciguar los ímpetus soberanistas de los nacionalismos vasco y catalán, todo desde el propio marco constitucional y democrático, sin que éste se rompiera”.

“El 23-F no fue ningún golpe chapuza o una operación alocada protagonizada por unos militares rancios anclados en el pasado franquista con añoranza de los pronunciamientos del siglo XIX. ¿Hay hoy quién se crea todavía que los dos militares más monárquicos del ejército español, el teniente general Jaime Milans del Bosch y el general de división Alfonso Armada, se iban a enredar y a lanzarse en una ventura golpista que nunca dejó de presentarse como absurda y descabellada?.

“El 23-F fue un golpe de diseño. Strictu sensu fue un golpe democrático. Jamás pretendió tener carácter involutivo ni el deseo de retornar a ninguna fórmula del reciente pasado autoritario o de dictadura; por el contrario, la operación quirúrgica tenía por objeto reforzar el Estado y la Corona bajo el sistema democrático, que se estaba cayendo a pedazos por la grave crisis abierta entre la clase política, corregir los excesos de un inventado proceso autonómico y frenar su alocado y suicida desarrollo, modificar parte de la Constitución, sobre todo el Título VIII, reestructurar las fuerzas políticas fomentando la alianza de la gran derecha, dar una batalla dura al terrorismo, salir de la crisis económica y financiera e impulsar el sentido de nación, el concepto de España”.

Esta interpretación explica la dirección del golpe por dos militares monárquicos (los más monárquicos del Ejército, como asevera Soriano-Sabino) de la directa confianza de Juan Carlos y el hecho clave de que el objetivo político fuera la votación de un gobierno de concentración nacional de todos los partidos, presidido por Armada. Nada de giro a la derecha, y menos a la extremaderecha, sino a la izquierda.

También que no se pretendiera implicar a todo el Ejército, sino sólo a aquellas zonas o unidades estrictamente controladas por los golpistas, y específicamente por Milans del Bosch, el de trayectoria de mando de armas, frente a Armada, militar de despacho. Es decir, que fuera un golpe controlado. La salida de la Brunete no hubiera cambiado significativamente las cosas, porque hubiera estado igualmente bajo control y siempre bajo la coartada de ‘mantener el orden’, acatando la jefatura del rey.

Ni Juan Carlos ni Sabino (Soriano magnífica su actuación, más de preservación del monarca que de desmantelamiento del golpe) tuvieron que parar a las capitanías, porque éstas, sencillamente, esperaron simplemente órdenes del rey. Nadie fue nunca contra el rey, ni para generar una situación de hechos consumados, que hubiera pasado, inequívoca e inevitablemente, por la toma de Zarzuela.

Esta interpretación explica muy convincentemente el hecho de que Alfonso Armada se reuniera en Lérida con el entonces número tres del PSOE y encargado de las relaciones con el Ejército, Enrique Múgica, para sondearle y que el 23 de febrero le dijera telefónicamente a Sabino que contaba con “el apoyo de los socialistas”. El que, a su vez, el PSOE sondeara, veinte días antes del 23-F, al portavoz del PNV, Marcos Vizcaya, sobre la posición de su partido respecto a un gobierno de concentración presidido por un militar. El que estuvieran informados del golpe la Embajada de los Estados Unidos y la Nunciatura del Vaticano. Es decir, que se buscara un consenso político y exterior en torno a la asonada.

Hace inteligible que, por consejo y nunca por orden o imposición, se impidiera la presencia de Alfonso Armada en Zarzuela, para no comprometer al monarca, en espera de acontecimientos. Y el hecho de que, en ningún momento, se detiene a Armada, sino que acude al Congreso de los Diputados en misión oficial (y con el JUJEM, Gabeiras cuadrándosele y saludándole con un “a sus órdenes, presidente”), con la única prevención, comprometida con Sabino, de que lo haga a título personal y no en nombre del rey, lo que incide en el criterio de prudencia de preservar al monarca respecto al fracaso de la gestión, pero que deja las puertas abiertas a cualquier decisión sí el segundo JUJEM cubre con éxito su misión. O el hecho de que el mensaje televisivo de Juan Carlos se emite cuando ya se ha producido el fracaso de la reunión entre Armada y Tejero.

Vamos a detenernos en los hechos que Jesús Palacios aporta para avalar su interpretación de un ‘golpe de diseño’ del CESID (hoy, CNI). Nos adentramos en la ‘operación De Gaulle’, un ejercicio teórico de los capitanes José Faura Martín y José María Peñaranda y Aljar. Bautizado así en recuerdo de cuando el presidente Coty, presionado por los generales de Argelia, Salan (luego líder de la OAS) principalmente, tuvo que llamar al mítico general Charles de Gaulle para que se hiciera cargo de un nuevo gobierno en el momento en el que la IV República se venía abajo. Los generales amenazaron con una demostración de fuerza, el lanzamiento de paracaidistas sobre París, pero, de cara a la opinión pública, se cubrieron las formas democráticas con votación en la Asamblea francesa.

El golpe francés, en las alturas y de espaldas a la opinión pública, tuvo, pues, dos tiempos: a) una amenaza de violencia; b) una reconducción formal. A imitación la ‘operación De Gaulle’ del CESID contempla la generación de un Supuesto Anticonstitucional Máximo (SAM) y una ‘reconducción’ desde las alturas. Para no generar demasiado suspense, en la documentada narración de Jesús Palacios, el SAM es la entrada de Tejero en el Congreso y la reconducción es la ‘solución Armada’. Si todo hubiera salido como estaba previsto, si esas dos fases se hubieran respetado, la opinión pública española nunca se hubiera enterado de la conexión entre ambas, nunca se hubiera establecido la relación entre Tejero y Armada. Éste -adelanto acontecimientos- lo que le ofrece al teniente coronel es dinero (cien millones para cada oficial) y poner aviones a su disposición y de sus hombres para marchar a Portugal.

Para que se entienda el matiz maquiavélico de la escenificación, los papeles de Armada y Milans del Bosch, en propiedad, no son los de golpistas, sino los de reconductores de una situación de elevada emergencia nacional. Tejero es el golpista, Armada y Milans los salvapatrias, los libertadores.

La interpretación explica muy bien los hechos conocidos y la clave de que Armada y Tejero no se entendieran sino que chocaran como dos trenes viajando por la misma vía, a toda velocidad, pero en direcciones contrarias. O el que tanto en la actuación de Armada como en la de Milans del Bosch se justifican siempre para ‘mantener el orden’ y ‘reconducir’ la situación, incluso con verbalización de cierta disposición al sacrificio.

También hace inteligible que habiendo sido Tejero detenido el 16 de diciembre de 1978 por conspirar con Saénz de Ynestrillas para dar un golpe de Estado, y puesto en libertad el 8 de diciembre de 1979, un año después esté entrando, como si tal cosa, en el Congreso de los Diputados. Según Jesús Palacios, que demuestra un gran conocimiento del CESID de entonces y que parece haber mantenido conversaciones con buena parte de sus miembros, el servicio secreto grabó las reuniones y conversaciones de Tejero.
Le seguía los pasos. Lógico.

Es el director de la Agrupación Operativa de Misiones Especiales, el comandante José Luis Cortina el que decide hacer pasar la ‘operación De Gaulle’ de la teoría a la práctica. El CESID es quien elige a Alfonso Armada como el militar de prestigio, próximo al rey, capaz de generar credibilidad y rigor a la ‘reconducción’. El CESID está al tanto de la reunión el 22 de octubre de 1980 en Lérida, en casa del alcalde socialista, Antoni Siurana, a la que asisten Enrique Múgica y Joan Raventós, secretario general de los socialistas catalanes. José Luis Cortina es el que, según el testimonio de Tejero, le da la fecha del 23 de febrero para actuar, después de que haya paralizado el golpe por orden de Milans. El 19 de febrero, el CESID envía a la Capitanía General de Valencia un esotérico informe sobre la posibilidad de que los cuarteles vayan a ser asaltados por los sindicalistas de Comisiones Obreras, que supuestamente tienen arsenales de armas en sus sedes. Miembros del CESID ayudan a recolectar efectivos en el Parque de Automovilismo para ir a tomar el Congreso. Y efectivos del GOSSI III (Grupo Operativo de los Servicios Secretos de Información, de la Guardia Civil), al mando de oficiales miembros del CESID, vigilan desde horas antes la Carrera de San Jerónimo para que Tejero pueda acceder sin problema alguno. Y, por último, el hecho de que en el juicio sobre el 23-F nunca se quisiera investigar la conexión con el CESID. Me remito para más detalles al mencionado libro de Jesús Palacios.

Con todo, la interpretación que me parece más acorde con el desarrollo de los acontecimientos es que:

4.- El 23-F fue un golpe de Estado encargado por Juan Carlos, con la finalidad de dar un ‘golpe de timón’, para facilitar el acceso del PSOE al poder, forzando la dimisión de Adolfo Suárez y el desmantelamiento de la UCD, con el efecto colateral de reconstituir la derecha en torno a Fraga y AP, mediante un período de interregno con un gobierno de concentración nacional de amplia base que permitiera corregir los errores de la transición, especialmente en lo referido a las autonomías y a los nacionalismos, y endurecer la lucha contra el terrorismo, incluida la ‘guerra sucia’, de forma que los socialistas pudieran empezar a gobernar sin hipotecas.

Esta es complementaria de la ‘interpretación Palacios’, aunque va más allá y, desde luego, contempla que el CESID no se hubiera movido sin el convencimiento de contar con el beneplácito del rey. ‘A mí, dármelo hecho’. La idea de que los servicios secretos o una parte sustancial de ellos puedan actuar autónomamente es, desde luego, literaria, pero carece de lógica en la vida real.

Funcionarios, todos ellos entonces militares, con mentalidad de Estado, no tienen otra filosofía que la obediencia a sus mandos, a la Jefatura del Estado. Hablar de golpe de CESID es hablar de golpe del rey. De hecho, Jesús Palacios cuenta que Juan Carlos visita la sede del CESID, donde se le informa de la ‘operación De Gaulle’ y que da la visto bueno.

Esta es la narración contenida en las páginas 118-119: “Una día de bastante calor, entre el final de verano y los primeros días de otoño (1980), el rey visita la sede operativa del Cesid. José Luis Cortina recoge a su majestad y se traslada con él en uno de los coches camuflados del servicio de inteligencia a París, sede de la plana mayor de la Aome (Agrupación Operativa de Misiones Especiales). Cortina conoce a don Juan Carlos desde los tiempos de la Academia de Zaragoza y tiene ganada su confianza y sus confidencias. En el momento de llegar al chalet de la Carretera de la Playa, el comandante convence al monarca para que se oculte y no sea reconocido en el control de entrada. Don Juan Carlos se agacha y mete la cabeza entre las piernas de unos de los guardias civiles de escolta que viajan junto a él en el asiento trasero. Es una pamema que divierte al comandante y no disgusta al rey, del que siempre aflora su espíritu aventurero. Al fin y al cabo se encuentra en el núcleo del mundo secreto de los espías. Y él está allí de incógnito. Al ganar precipitadamente la puerta tropieza y está a punto de caerse. El día es bastante caluroso y en los zapatos del rey, de finísima piel de Sebago, surgen manchas blancas de ácido, características de un fuerte sudor. En el interior, Cortina le explica la estructura y funcionamiento de la Casa. Y le pone en antecedentes del apremiante malestar militar con amenazas de golpe de Estado.

“Habla de reuniones de generales, de coroneles juramentados, de otras iniciativas incontroladas del estilo Tejero, que hacen imprescindible la puesta en marcha de una operación que neutralice y reconduzca la situación. El término reconducir, que después circulará con profusión, es de su cosecha. Le dibuja un panorama –deliberadamente exagerado- muy grave, anidando en el ánimo del monarca una honda inquietud. Cortina reitera que el plan de acción del Cesid es viable y ajustado a la Constitución. El comodín es el general Armada. Los partidos políticos lo han aceptado, aunque se corren riesgos que habrá que salvar sobre la marcha. Don Juan Carlos, consciente de que varios de sus antepasados han sido descabalgados y coronados en el último siglo y medio vía golpes y pronunciamientos, insiste en que le den resulta la situación. Como es habitual, esta visita es grabada y fotografiada. Tras el fracaso del 23-F, todas las pruebas desaparecerán”.

Las grabaciones que permanecen son las de los testimonios recabados entre los espías del CESID por Jesús Palacios, en los que fundamenta esta narración y los hechos que concatena de la inspiración del golpe por el CESID. Pero, propiamente, para considerarlo un golpe de inspiración o encargo real, el CESID sólo es necesario para esa activación última de un Tejero al que, momentáneamente, ha parado Milans del Bosch, y en la que el aval de Cortina, dentro de un general vacío de comunicación, sirve para dar por sobreentendido a todos los actores de la farsa que ésta sigue adelante.

No es que los implicados intentaran implicar al rey, como sistema de defensa, en el juicio del 23-F, con la notoria excepción del silente Armada, no autorizado a revelar sus conversaciones, sino que previamente, en sus reuniones conspiratorias, sin luz ni taquígrafos, dicen actuar en nombre del rey, cumplir sus órdenes. Jesús Palacios aporta, por ejemplo, el testimonio del general Carlos Alvarado, no encausado, que participó en algunas de las reuniones conspiratorias, y que recibió confidencias de Milans del Bosch como la siguiente: “Fue al comenzar a bajar la Cuesta de la Vega el momento en que Jaime me dijo: ‘Carlos, Alfonso va a ser el próximo presidente de gobierno. Por lo que me ha comentado y tengo entendido, se trata de un gobierno de concentración en el que hay gente de todos los partidos políticos y algunos independientes. Como sabes, yo no me suelo fijar mucho en esas cosas, pero me ha hablado que hay varios socialistas e incluso algún comunista. El rey ya conoce la composición de ese gobierno y, aunque a mí no me gusta mucho la idea, si ésa es la decisión que han tomado, yo la acepto sin más. Lo importante es que esto se arregle. Ah, sí, a mí me nombran presidente de la Jujem, dentro de los muchos cambios militares que va a haber”.

El testimonio del mencionado general Carlos Alvarado incluye un resumen de lo acordado en una reunión conspirativa previa, celebrada el 18 de enero, en la que se deja perfilado todo el operativo: “El día D y la hora H (que se fijarán oportunamente), aprovechando un pleno de las Cortes previsto para mediados de febrero, el teniente coronel Tejero, con fuerzas de la Guardia Civil, ocupará el Congreso de los Diputados y retendrá al gobierno y a los diputados. Acto seguido, el capitán general de Valencia hará público un bando por el que se hará cargo del gobierno civil y militar de la Región, como consecuencia del vacío de poder producido, y ocupará puestos importantes de la capital de la Región y provincia de la misma. Simultáneamente en Madrid, la División Acorazada Brunete 1, al mando del general Torres Rojas, ocupará puntos de la capital previstos en la operación Diana y esperará órdenes del general Armada. A partir de ese momento, todas las órdenes que se den partirán de Zarzuela, cursadas o transmitidas por el general Armada, quien, en principio, se encontrará en el Estado Mayor del Ejército”.

Tejero es un mero instrumento, el peón que inicia la partida. En esa reunión del 18 de enero, donde se perfila la estrategia operativa del golpe, Tejero pregunta que ‘después de eso, ¿qué?’ y entiende que eso depende de los capitanes generales, aunque él se decanta por una junta militar. Milans del Bosch le interrumpe con energía castrense (la que le faltará a Armada cuando se vean en el Congreso). “No, no, de cuestiones políticas aquí no hablamos, nosotros vamos a apoyar la solución Armada que es lo mejor para España en estos momentos y ha sido bendecida por todas las instituciones. Lo que suceda después lo dejamos en manos del rey para que él decida”.Y, en ocasión anterior, cuando ha sido sondeado, Milans del Bosch ya ha dicho que no se moverá si no es “siguiendo órdenes del rey”. No es el golpe de Tejero, al que se veda entrar en los entresijos políticos, sino el golpe Armada y éste explicará a Jesús Palacios que “yo estuve a las órdenes del rey durante el 23-F”.

Aunque disiento de Jesús Palacios, y del criterio generalmente establecido de que el golpe fue un fracaso, pues me parece un claro éxito, como luego explicaré, el fracaso logístico de la asonada se debe a un conjunto de vacíos de comunicación.

Podemos describir el vacío de comunicación como el efecto perverso de cuando en una organización humana en la que participan varias personas éstas no se comunican unas a otras toda la información, o bien por desconfianza o porque dan por sobreentendido que la poseen todas ellas; porque piensan que unos a otros se la han comunicado, cuando no ha sido así. Lo que a la hora de actuar produce fuertes malentendidos.

De los hechos se deduce con claridad que los contactos con el rey los mantiene en exclusiva Alfonso Armada, que éste mantiene en exclusiva los contactos con Milans del Bosch (quien no habla con Juan Carlos), y que es el capitán general de Valencia el que mantiene en exclusiva los contactos con Tejero.

La incomunicación entre los diversos eslabones de la cadena explican los malentendidos que el vacío de comunicación irá produciendo y que llevarán a la confusión. Recordemos la tajante y clarificadora afirmación de Alfonso Armada: “antes, durante y después del 23-F he estado a las órdenes del rey”.

Armada se reúne con frecuencia antes del golpe con Juan Carlos, que es quien, a iniciativa propia, le pone en pleno centro del escenario trasladándole a Madrid. Un hombre que pide permiso para hacer públicas sus conversaciones y al no recibirlo, calla, esperando estoicamente la condena, no asume una responsabilidad tan grave como un golpe de Estado sin estar convencido de que es lo que desea y le manda su ‘Señor’. ¿Malinterpretó al rey, como viene a decir Sabino-Soriano? ¿Fue tan listo Juan Carlos que engañó a los generales golpistas haciéndose pasar por uno de ellos, como ha comentado Sofía? Después de décadas de estrecha colaboración, pensar en la posibilidad de un malentendido entre ambos parece fuera de lugar. De hecho, Juan Carlos no pone objeciones a que Armada se traslade a Zarzuela a informarle, en los primeros compases del golpe, es Sabino Fernández Campo el que lo desaconseja, por preservar al rey. Armada lo acepta siguiendo el instinto por antonomasia del monárquico: el servilismo.

Pero no se detiene a Armada, ni nada parecido. Y si Armada hubiera insistido, es muy probable que hubiera podido trasladarse. La cuestión es que preservar al rey es algo que entra con facilidad en la mentalidad de un mayordomo y, al fin y al cabo, la presencia de Armada en Zarzuela tiene menos importancia de la que se le ha querido dar, aunque la tenga. Sin duda, es clave para que los tanques de la Brunete no se paseen por Madrid. Pero no es decisiva para la segunda etapa del golpe: la reconducción.

Al fin y al cabo, si hubiera salido la Brunete lo hubiera hecho bajo la misma justificación de llenar el ‘vacío de poder’ que tuvieron los movimientos de tropas de la Capitanía General de Valencia y, en ningún caso, hubieran ido a tomar Zarzuela, que es –hasta Juan Carlos es capaz de verlo en la edición francesa, aunque no en la española, de sus confidencias con Villalonga- el primer movimiento lógico de un golpe de Estado como tal. Milans del Bosch es tenido en el ejército por un buen estratega. Nada plantea Tejero en ese sentido en ninguna de las reuniones porque se le dice que al final de la cadena de mando está el rey y que es bien sencillo de entender pues Armada y el rey son uña y carne, una misma cosa (salvo que Armada sea ese pérfido y consumado traidor de la edición francesa, que deja de serlo en la española, por la curiosa razón de que protesta).

El primer documento que emana de Zarzuela, a las 22,35, implica una condena del asalto al Congreso, pero no de la ‘solución Armada’: “Ante la situación creada por sucesos desarrollados en el palacio del Congreso, y para evitar cualquier posible confusión, confirmo que he ordenado autoridades civiles y Junta de jefes de Estado Mayor tomen todas las medidas necesarias para mantener orden constitucional, dentro de la legalidad vigente. Cualquier medida de carácter militar que, en su caso, hubiera de tomarse deberá contar con la aprobación de la Jujem. Ruego me confirme que retransmiten a todas las autoridades del Ejército”.

Cuando Alfonso Armada informa de que va a ir al Congreso a resolver la situación proponiendo un gobierno de concentración nacional, Juan Carlos pasa el teléfono a Sabino Fernández Campo, que establece la pega que marca la evidencia: “Pero, Alfonso, ¿tú crees que en el estado en que se encuentran los diputados, ante una actitud de fuerza, con las metralletas, va a servir eso para algo?
Eso que dices es un disparate”. Sin embargo, la segunda parte del golpe, la reconducción, no es tan burda. Armada no va a entrar de la mano de Tejero, como agresor, sino después de haber desalojado la fuerza, como salvador. “No te creas, porque hablaré con Tejero antes para que retire la fuerza y me deje hablar a solas con los diputados. Hemos consultado la Constitución y en nombre del Rey se puede hacer una propuesta semejante; además, los socialistas me votan”.

Años después, el testimonio de Armada a Jesús Palacios es el siguiente: “La autorización para ir al Congreso me la dio Gabeiras. Consultó con el Jefe de Estado Mayor de la Defensa y con el Rey. Más que autorización, fue una orden. Fui oficialmente. En misión.

Me dijo: ‘Alfonso, resuelve la situación’. 1º. Que los diputados queden en libertad. 2º. No impliques al Rey. Tienes que ser tú el que asumas la responsabilidad. 3º. Ofrece a Tejero un avión que está preparado en Getafe para que pueda marcharse. Eso es lo que hice. Y lo logré sin víctimas, sin que nadie saliera herido. Muy pocos han reparado en ello”.

Tanto Sabino-Soriano como Jesús Palacios indican que el comentario en Zarzuela, tras producirse la entrada de Tejero en el Congreso, es: ‘no era lo previsto’. Los tiros, las formas cuarteleras, han creado una estética deprimente en la primera parte del golpe (en el Supuesto Anticonstitucional Máximo de la operación De Gaulle), por lo que la preservación del monarca se intensifica.

Pero aunque Sabino Fernández Campo, a título “de amigo” desaconseja a Armada que vaya al Congreso, nadie –insisto- detiene a Armada, no se establece medida alguna de prevención. Armada va en “misión oficial”. Y aquí es cuando los vacíos de comunicación hacen estallar las contradicciones internas entre las dos fases, la del golpe y la de la reconducción, y cuando Tejero va a echar abajo lo que el mismo ha empezado, porque se siente utilizado y porque lo que se le propone se sale manifiestamente de sus esquemas.

Ahora, entre Tejero y Armada, se va a producir el auténtico desenlace del golpe. En principio, Tejero recibe a Armada como la “autoridad militar competente” que los golpistas han anunciado a los diputados que esperan. Sale a recibirle a las verjas del patio del Congreso, y se cuadra. “a sus órdenes, mi general”. No pone objeciones a que Armada vaya al hemiciclo. Armada le explica que ha habido contratiempos respecto a lo previsto, pero:

- ahora, Tejero, tiene usted que restituir a los diputados en sus puestos y retirar la fuerza, porque voy a entrar a hablar con los parlamentarios a proponerles la formación de un gobierno presidido por mí.

Tejero, mientras caminan, le pregunta sobre cuál es la cartera que ocupara Milans del Bosch, su referencia de mando. Armada le informa que no estará en el gobierno, que más adelante será nombrado Presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor. A Tejero no le cuadra y quiere más detalles, así que lleva a Armada a una sala acristalada del nuevo edificio del Congreso. Los capitanes de la fuerza golpista esperan expectantes.

“No es –narra Palacios- una conversación suave y mucho menos dulce. Armada le está explicando que la única solución es formar un gobierno de concentración en el que participarán casi todos los partidos políticos. No hay otra opción viable. Y que además él y sus oficiales deben abandonar España, irse a Portugal, donde se han hecho gestiones, hasta que todo se haya calmado. Tejero abre la puerta y dice a los que están atónitos contemplando la escena:

- Nos ofrece un avión y al extranjero.

Dar un golpe de Estado para que te exilien tus mandos, no es muy honroso, carece de lógica, resulta ofensivo.

Tejero cierra la puerta.

“Cuando pregunta por quiénes forman ese gobierno, su rostro se encoleriza. Armada le va desgranando algún nombre, hasta que no tiene más remedio que leerle la lista completa. Cuando Tejero lee los nombres de Felipe González y de algún comunista que ni tan siquiera conoce, estalla de furia. Él no ha entrado ahí para eso. Jamás hubiera admitido esa solución. Él es partidario de la formación de una junta militar que le gustaría fuese presidida por el general Milans del Bosch. Armada le replica que quién ha hablado de un gobierno militar, quién. Los dos se calientan más. Armada intenta hacerle comprender que, si no se acepta eso, el esfuerzo realizado no habrá valido para nada, será un fracaso y las consecuencias peores para España en general y para ellos en particular. Tejero no escucha, está rabioso. Se siente engañado porque, de haber sabido que la cosa era para un gobierno con socialistas y comunistas, no habría querido saber nada. Pero ahora, cogido entre lo más profundo de sus convicciones, radicalmente enfrentadas a socialistas y comunistas, no puede brindarles ‘su trabajo’. Antes prefiere la muerte”.

La verdad es que la escena es alucinante, hasta casi la hilaridad, si no fuera tan grave lo que estaba en juego. Haber utilizado a Tejero como ariete para un gobierno de concentración, con socialistas y comunistas, es un auténtico desquicie. El vacío de comunicación ha sido monumental, entre épico y cómico. La lista del Gobierno Armada que nunca existió es la siguiente:

Presidente: Alfonso Armada Comyn (general de división)

Vicepresidente Político: Felipe González Márquez (secretario general del PSOE)

Vicepresidente Económico: José María López de Letona (ex gobernador del Banco de España)

Ministro de Asuntos Exteriores: José María de Areilza (diputado de Coalición Democrática)

Ministro de Defensa: Manuel Fraga Iribarne (presidente de Alianza Popular, diputado de Coalición Democrática)

Ministro de Justicia: Gregorio Peces-Barba (diputado del PSOE)

Ministro de Hacienda: Pío Cabanillas Galla (ministro de Suárez, diputado de UCD)

Ministro de Educación y Ciencia: Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón (diputado de UCD)

Ministro de Trabajo: Jordi Solé Tura (diputado del PCE)

Ministro de Industria: Agustín Rodríguez Sahagún (ministro de Suárez, diputado de UCD)

Ministro de Comercio: Carlos Ferrer Salat (presidente de la patronal CEOE)

Ministro de Cultura: Antonio Garrigues Walker (empresario)

Ministro de Economía. Ramón Tamames (diputado del PCE)

Ministro de Transportes y Comunicaciones: Javier Solana (diputado del PSOE)

Ministro de Autonomías y Regiones: José Antonio Saénz de Santamaría (teniente general)

Ministro de Sanidad: Enrique Múgica Herzog (diputado del PSOE)

Ministro de Información: Luis María Anson (presidente de la agencia Efe)

El golpe zarzuelero toma aires de sainete. Al teniente general Tejero le saltan hechos trizas todos sus más queridos y acendrados esquemas.

“Luego de cruzarse unos cuantos insultos, Armada apela al sentido de la disciplina militar de Tejero. Último recurso. Él es un soldado que ha recibido una orden de un superior jerárquico. La ha aceptado y ejecutado. En la vida militar si hay algo sagrado es que no se pueden cuestionar las órdenes, su naturaleza, ni someter a cuestión sus consecuencias. Tejero le espeta que él está ahí por el general Milans del Bosch, que es el único que reconoce y admite como jefe. No está a las órdenes de nadie más. Armada propone entonces que llame a Valencia y hable con Milans. La conversación con el capitán general de Valencia se sucede entre una gran tensión. Armada explica a Milans que Tejero se niega a permitirle dirigirse a los diputados para resolver el gobierno en cuestión. Ese gabinete sobre el que Armada sí que ha puesto en antecedentes a Milans. Por encima de todo, le pide que haga entrar en razón a Tejero, que está muy ofuscado

- A mí no quiere obedecerme, porque dice que su único jefe eres tú.

Si no le convence, el fracaso y todo lo demás está a la vista.

“Milans intenta en tono suave que Tejero se serene, que vea el fondo del asunto y acepte lo que se le ofrece. De lo que se trata, le dice, es salir por encima de todo del impasse en el que están anclados. Y lo que le está planteando el general Armada es factible. Hay un avión a disposición que va a sacar a la gente fuera, que quedará exenta de responsabilidad luego; pasado un tiempo, se podrá volver sin problemas. A Tejero eso le da lo mismo. Él no ha entrado ahí para que de ello salga un gobierno con socialistas y comunistas. Lo que él quiere y desea es un gobierno militar presidido por Milans. ¡¿Qué?! ¿Cómo que un gobierno militar? ¿De dónde ha salido eso? Nunca se ha hablado de asuntos políticos y Tejero lo sabe bien, responde molesto el teniente general, sobre eso siempre se dijo que la acción era para apoyar la solución Armada, y en eso es en lo que están. Lo demás era una cuestión del general Armada y de su majestad, a quienes ellos dejaban que buscasen la fórmula que quisieran. Y concluye Milans:

- Por todo ello, le ordeno, Tejero, que haga caso de lo que le está diciendo el general Armada y acepte la solución que le ha propuesto.

- No se me puede ordenar ni pedir eso, mi general, antes que aceptar una cosa así prefiero morir.

“La conversación concluye como el rosario de la Aurora. Armada y Tejero se insultan un poco más. Enrabietado el teniente coronel al máximo, le dice a Armada que no intente hacer nada con sus guardias, sólo le obedecerán a él, ni tampoco intente entrar con fuerza en el Congreso, pues está dispuesto a convertir eso en un holocausto, en una nueva epopeya émula de Santa

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miércoles, 5 de septiembre de 2012

El pensamiento íntimo de Julián Besteiro

 PUBLICADO EN: POR ANDALUCÍA LIBRE  

Julián Besteiro en 1936.

 
Su amigo y correligionario, Andrés Saborit, califica como "El pensamiento íntimo de Besteiro" los textos que siguen:

 A principios del mes de marzo de 1939, Madrid en poder del Consejo Nacional de Defensa, Besteiro redactó las siguientes cuartillas, expresión de su más íntimo pensamiento:

Abrir al pueblo los ojos a la verdad, pero con precaución, no sea que le irrite demasiado la luz, después de un periodo tan largo de tinieblas.

La verdad real: estamos derrotados por nuestras propias culpas —claro que el hacer mías estas culpas es pura retórica—. Estamos derrotados nacionalmente por habernos dejado arrastrar a la "línea" bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido quizás los siglos. La política internacional rusa en manos de Stalin, y tal vez como reacción contra un estado de fracaso interior, se ha convertido en un crimen monstruoso que supera en mucho las más macabras concepciones de Dostoiewsky y de Tolstoi. La reacción contra ese error de la República de dejarse arrastrar a la "línea" bolchevique la representan genuinamente, sean los que quieran sus defectos, los nacionalistas, que se han batido en la gran cruzada anticomintern. Pero la más grande o pequeña cantidad de personas que hemos sufrido las consecuencias del contagio bolchevique de la República, no solamente tenemos un derecho, que no es cosa de reclamar, sino que poseemos un caudal de experiencia, triste y trágica, si se quiere, pero por eso mismo muy valiosa. Y esa experiencia no se puede despreciar sin grave daño para la construcción de la España del porvenir.

Esa experiencia y la reacción de liberación consiguiente es la que representa la única legalidad subsistente en el derrumbamiento de la España republicana —la dimisión del presidente ha hecho manifiesto e indudable ese derrumbamiento que ya existía antes—. Además, el Consejo Nacional de Defensa vino a tiempo. Antes hubiese chocado con ese Himalaya de falsedades que la prensa bolchevique ha depositado en las almas ingenuas, y se hubiera estrellado. Así y todo, el choque ha existido, pero no ha sido contra una montaña ingente y dura, sino contra un montón de arena, como acumulado por un huracán del desierto. El percance, en estas condiciones, no ha tenido proporciones tan graves y ha podido ser superado. Si el acto del 4 de marzo no se hubiese realizado, el dominio completo de los restos de la España republicana por la política del Comintern, hubiera sido un hecho y los habitantes de esta zona hubiesen tenido que sufrir probablemente durante algunos meses, no sólo la prolongación criminal de la guerra, sino el más espantoso terrorismo bolchevique, único medio de mantener tan anormal ficción, contraria evidentemente a los deseos de los ciudadanos.

El drama del ciudadano de la República es éste: no quiere el fascismo; y no lo quiere, no por lo que tiene de reacción contra el bolchevismo, sino por el ambiente sectario y pasional que acompaña a esa justificada reacción (teorías raciales, mito del héroe, exaltación de un patriotismo morboso y de un espíritu de conquista, resurrección de formas históricas que hoy carecen de sentido, en el orden social antiliberalismo y antiintelectualismo enragés, etc.). No es, pues, fascista, el ciudadano de la República, con su rica experiencia trágica. Pero tampoco es, en modo alguno, bolchevique. Quizás es más antibolchevique que antifascista, porque el bolchevismo lo ha sufrido en sus entrañas, y el fascismo, no. ¿Cómo este interesante estado de ánimo y esta rica experiencia pueden contribuir a la edificación de la España de mañana? He aquí el gran problema. Porque pensar en que media España puede destruir a la otra media sería una nueva locura que acabaría con toda posibilidad de afirmación de nuestra personalidad nacional, o mejor, con una destrucción completa de la personalidad nacional, peligro que hemos corrido y del cual hemos escapado, al parecer, poco menos que de milagro.

Para construir la personalidad española mañana, la España nacional, vencedora, habrá de contar con la experiencia de los que han sufrido los enormes errores de la República bol-chevizada, o se expone a perderse por los caminos extraviados que no conducen más que al fracaso. La masa republicana útil no puede pedir, sin degradarse, una participación en el botín. Pero sí puede y debe pedir un puesto en el frente de trabajo constructivo.

¿Cuál puede ser la estructura de la nueva España y cuál puede ser su posición en la vida internacional? Probablemente la estructura de la nueva España será la que imponga un régimen de trabajo fecundo, que respete al trabajador, pero le exija el cumplimiento del deber. Ante la jerarquía del trabajo productivo, todas las demás jerarquías, si no habrán nece-sariamente de desaparecer, tendrán por fuerza que resignarse a ocupar una posición subal-terna. Una nación y un Estado estructurado de este modo, ¿qué conexiones habrá de tener con las demás naciones y los demás estados?

Para resolver este problema habrá que tener en cuenta que España es un país complejo. Somos latinos, pero somos también iberos, celtas y moros. Lo cual quiere decir que estamos obligados a sostener relaciones de fraternidad con las naciones latinas (Francia, Italia, América); pero que los problemas africanos —sin perder la cabeza— no pueden sernos in-diferentes, y que la vida cultural, económica, social y política de Inglaterra y de Alemania debe ser para nosotros objeto, no sólo de consideración, sino de constante respeto y de ins-piración. Por fortuna, parece que la política europea camina hacia un bloque de naciones que empieza en Ror"a y, pasando por Londres, acaba en Berlín, si no es que acaba en el extremo de los estados bálticos; pero, en todo caso, con exclusión de la Rusia staliniana y, por lo menos, con su puesta en observación con precauciones de lazareto.

Si ese bloque, suprema garantía de la paz y de la prosperidad de Europa, se formara y en él entrara Francia (como seguramente entraría), los problemas de política exterior quedarían felizmente simplificados para la España del porvenir.

Solamente habría que añadir a este cuadro una nota de singular interés. Esa nota se refiere a la nación hermana y vecina nuestra, que con nosotros ocupa el viejo solar ibérico: Portugal.

Portugal, desde el punto de vista nacional e internacional, ha progresado mucho. Con el más profundo y sincero respeto a su independencia nacional, el conocimiento y el interés recíproco de las dos naciones ibéricas es una condición precisa del desarrollo de nuestra fuerza vital y de la definición de nuestra personalidad en el mundo.

Dos telegramas interesantes

Perdida Cataluña, Trifón Gómez, Director General de Abastecimientos, se trasladó a Ma-drid desde París, en donde fue objeto de una cena de despedida en el restaurante Zatoste, que organizamos un grupo de socialistas españoles. Era objeto de su viaje organizar el reparto de víveres entre el ejército y la población civil leales a la República en las zonas Centro y Levante. Apenas si pudo entrar en relaciones con Besteiro, porque encontrándose en el despacho oficial del gobernador civil de Madrid, José Gómez Osorio, con el que estuvo muy compenetrado, ambos fueron detenidos y encarcelados en El Pardo hasta el final de la sublevación iniciada por los comunistas contra el Consejo Nacional de Defensa. Normalizada la situación, Trifón regresó a París, de acuerdo con Besteiro y demás consejeros, para acelerar el envío a Madrid de cuanto estuviera dentro de sus posibilidades. Apenas llegado a la capital francesa recibió el siguiente telegrama, que tiene indudable interés por la fecha y por la preocupación que revela su contenido:

Julián Besteiro a Trifón Gómez.—C.A.M.P.S.A. Gentibus, París.—Deseamos realice dos gestiones urgentes: Primera. Cablegrafiar a Washington, embajada española, advirtién-dole puede comunicarse con usted por cablegrama, que usted me transmitirá cifrado. Las claves que posee Fernando de los Ríos no las tenemos nosotros. Usted se comunicará con-migo por la clave C.A.M.P.S.A. Gentibus.—Segunda. También necesitamos urgentemente se ponga en comunicación con embajador de Méjico en París, y le ruegue en nuestro nombre nos proporcione información concreta acerca ayuda que Méjico puede prestarnos admitiendo emigrados de esta zona en momento liquidación. Es este asunto fundamental para nosotros, dadas circunstancias actuales. Abrazos.—Besteiro.

Besteiro estaba decidido a no abandonar Madrid, pero sentía enorme preocupación por ayudar a que se salvaran cuantos estaban en peligro en las zonas Centro y Levante. Este telegrama es un nuevo timbre de gloria para la memoria de aquel integérrimo luchador.
El poeta Juan Ramón Jiménez envió a Besteiro el siguiente radiotelegrama, de interés por tratarse de una personalidad distanciada de los partidos políticos:

Radiotelegrama vía transradio española.—62 Miamiflo 11 11 1202 0545 S/L GNZ.—Julián Besteiro, ministerio Estado, Madrid.—Nuestra adhesión confiada.—Juan Ramón Jiménez.


Dos despedidas

Regina García fue propagandista del Partido Socialista en los años de la República. Era oradora y escribía con facilidad. Estuvo a punto de salir diputada a Cortes en las últimas elecciones. En nombre de la Unión General vino a Ginebra en reuniones de la Oficina Inter-nacional del Trabajo. Durante la guerra civil hasta dirigió algún periódico diario. Se quedó en Madrid, y ha escrito un libro, Yo he sido marxista, en el que describe los últimos momentos de la República, al que pertenecen estos párrafos:

—Y usted, profesor, ¿qué piensa hacer? —pregunté con manifiesta indiscreción.

Besteiro se irguió en su alta estatura, y con aquella sonrisa suya, que era más triste que la misma seriedad, respondió:

—Yo, que nunca dije "O nos salvamos todos o todos perecemos", me quedaré con los que no pueden salvarse. Es indudable que facilitaremos la salida a muchos compañeros que deben irse, y que se irán por mar, por tierra o por aire; pero la gran mayoría, las masas nu-merosas, ésas no podrán salir, y yo, que he vivido siempre con los obreros, con ellos seguiré y con ellos me quedo. Lo que sea de ellos será de mí.
Me conmovió aquella lealtad a una vida rectilínea, consecuente con sus postulados. Don Julián no era de los que tenían unas ideas para la propaganda y otras para su uso particular. Le tendí la mano, emocionada.

—Usted se irá con Carrillo, ¿no es eso? —me preguntó.

—No, profesor. Yo también me quedaré.

—Usted, ¿por qué? —protestó Besteiro. Usted es una mujer y no debe sufrir los embates que se avecinan. Vayase, Regina, se lo aconsejo. No se quede aquí.

Don Rafael Sánchez-Guerra fue auxiliar eficaz del coronel Casado, a cuyas órdenes se puso en Madrid. Era concejal del Ayuntamiento elegido el 12 de abril, y fue secretario del presidente de la República, don Niceto Alcalá-Zamora. En París escribió Mis prisiones, con la sinceridad y agresividad características en su autor. Hay en ese libro muchos trozos dignos de divulgación. He aquí uno de ellos:

Me despedí igualmente de Julián Besteiro, pero con más emoción que cuando nos sepa-ramos en la prisión de Porlier. No sé por qué, tenía el presentimiento de que no le volvería a ver más. Noté que Besteiro estaba igualmente emocionado. Se leía en sus rasgos una gran melancolía y hasta tristeza. Jamás olvidaré este último momento. Siempre he sentido más impresión ante la pena de un espíritu altivo que ante el dolor de temperamentos pusilánimes. Condenado algunos días más tarde a esta misma pena de reclusión perpetua, en julio fue trasladado al convento de los padres trapistas de Dueñas, y de allí a Carmena, donde falleció en 1940 a consecuencia de un envenenamiento de la sangre mal cuidado. Guardaré siempre de Besteiro el ejemplo de su conducta, de su austera dignidad de ciudadano y de prisionero y el recuerdo de este abrazo casi paternal que me dio cuando salí de la cárcel del Cisne. Las palabras del "L'Exile de mon Cid" parecían haber sido escritas por él: "¡Qué buen vasallo sería, si tuviera un señor leal!" [Qué gran patriota! ¡Qué magnífica figura de apóstol! ¡Qué español más digno! ¡Qué buen gobernante hubiera podido ser en un pueblo menos apasionado que el nuestro, si hubiese existido en España, en época que nos parece lejana, un sistema político como el de los ingleses, donde los socialistas, cuando triunfan en las urnas, son llamados al poder por un rey constitucional y demócrata...

El cainismo español

¿Qué hará falta entre españoles para merecer el respeto de las gentes? Años después de que Besteiro hubiera muerto en una cárcel franquista, los comunistas y sus compañeros de ruta organizaron un Congreso internacional por la paz. En aquel acto casi todos eran intelec-tuales y algunos de fama mundial. La delegación española estaba maniobrada por los comunistas Montiel y Races, el mismo que siendo subsecretario del ministerio de Instrucción Pública, en Valencia, se había dirigido a Besteiro en los términos que hemos reproducido anteriormente en carta oficial que le remitió a Madrid.
Hubo una moción estigmatizando la dictadura franquista, muy aplaudida por los congresistas. Iba en ella la relación de víctimas del fascismo español. Era una lista selecta, pero no estaba Julián Besteiro. Los señores Giral y Castro se indignaron contra esta felonía de sus otros colegas de representación nacional, aunque no política. Los comunistas no podían incluir a Besteiro entre las victimas de Franco nasta que iálann les autorizara a ello. ¡Qué vergüenza y qué tristeza!
Con razón pudo escribir don Salvador de Madariaga lo que sigue, adivinando la felonía que hemos descrito:

"Como símbolo de este espíritu postumo de guerra civil en que vivían los rebeldes victoriosos, cabe mencionar la condena a treinta años de presidio de don Julián Besteiro, el gran ciudadano español que gozaba del respeto, afecto y admiración de todas las ciases sociales. Con la tristísima excepción de algunos correligionarios suyos en marxismo que han deshonrado su pluma intentando injuriar a quien vivió, pensó y obró muy por encima de ellos.

¿Se quiere una definición de Besteiro? He aquí lo que escribió Loweil:

"La única prueba concluyente de la sinceridad de un hombre es la abnegación con que personalmente se sacrifica por un ideal."

Y como réplica a la conducta de esos españoles que en un Congreso de intelectuales dei enseres de la paz borran el nombre de Besteiro de la lista de mártires del fascismo español, éste podría repetirles, si viviera, el siguiente pensamiento de Uowper:

"Un hombre bien criado, modesto y sensible, no será capaz de insultarme, y los demás no lo conseguirían aunque lo intentaran."

Joaquín Costa, que de haber tenido más fe en sí mismo y en el pueblo español hubiera consolidado su obra de pensador genial, en 1900 escribió:

"Lo que España necesita y debe pedir a la escuela, no es precisamente hombres que sepan leer y escribir; lo que necesita son "hombres'; y el formarlos requiere educar el cuerpo tanto como el espíritu y tanto o más que el entendimiento, la voluntad. La conciencia del deber, el espíritu de iniciativa, la confianza en sí propio, la individualidad, el carácter.

Esa fue la obra de Besteiro, y eso fue Besteiro, representado igualmente por este párrafo sustancioso de don José Ortega y Gasset:

"¿Qué significa lo que llamamos un hombre íntegro sino un hombre que es enteramente él, y no un zurcido de compromisos, de caprichos, de concesiones a los demás, a la tradición, al prejuicio?"

Admirable definición de un hombre íntegro, esto es, de Julián Besteiro. Mejor, sería difícil hacerlo.///
 

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lunes, 13 de agosto de 2012

Ángel Viñas y el rigor / Paquito el chocolatero, Ojos verdes y Ay, caminos.

Sobre Ángel Viñas, honra y prez de la historiografía progre, tengo unos cuantos artículos, íré poniendo algunos.

    Mirando en Internet, resulta que he escrito bastantes artículos sobre Ángel Viñas, el “combatiente por la historia”. Les traigo uno:

    Pío Moa. El rigor de Ángel Viñas

    De Ángel Viñas, distinguido historiador lisenkiano, me he ocupado varias veces, pero el hombre no deja de dar sorpresas. En una reciente entrevista lamenta "la falta de rigor que a menudo hay en la historiografía de la Guerra Civil". Y como muestra de su rigor empieza por establecer: "Son los ingleses los que salvan a Franco".

    Los suyos siempre atribuyeron la salvación de Franco ante todo a los alemanes, pero ahora son los ingleses. Creo que la idea no precisa mayor comentario, aunque debe reconocerse su originalidad. Explica que la guerra "se alargó por culpa de Franco, que no quería una guerra corta, sino larga", para contradecirse a continuación: "Negrín pensó que podrían resistir hasta enlazar con un conflicto europeo y la República pudiese ofrecer algo a Francia". Los costes humanos y materiales de meter a España en un conflicto cien veces más sangriento y destructivo no provocan la menor emoción en nuestro gran historiador. Por algo aclara al periodista, de un periódico gallego, sobre el asesinato de Robles, "gallego y amigo de Dos Passos", uno de tantísimos asesinatos cometidos por el Frente Popular: "Aun en el supuesto de que la KGB se hubiera cargado a Robles, ¿y qué? En la guerra muere gente". Ciertamente, en la guerra europea moriría mucha más gente que en la española, ¿y qué? Por cierto, también muere en la paz

    Más rigor de Viñas: su venerada "República" se componía de stalinistas, socialistas aún más extremistas que estos y anarquistas; y, girando como satélites en torno a ellos, de republicanos (golpistas en cuanto perdieron las elecciones), de los no menos golpistas de Companys y de los ultrarracistas del PNV. Esa brillante constelación complace extraordinariamente al señor Viñas, y tiene derecho a ello, desde luego. Siempre que no quiera hacérnosla pasar por democrática. Pero su osadía, como su originalidad, no tiene límites, y eso es precisamente lo que pretende.

    Todavía más rigor y originalidad: "La República combatió sola y murió sola". Eso es un hallazgo: Stalin no movió un dedo, no envió armas ni tropas especiales ni policía política, ni el PCE dependía de él. Tampoco Francia permitió el paso de ninguna ayuda al Frente Popular. Viñas se jacta de haber consultado muchísimos archivos, así que habrá que darle la razón.

    No para ahí el torrente de rigurosa originalidad o de original rigor: "Hay que cuestionar la historiografía franquista y conservadora que sostiene que Stalin quería establecer en España una república popular". ¿Cómo iba a querer tal cosa? El Congreso de la Komintern que decidió la estrategia de frentes populares se oponía por completo a tal designio, según todos sabemos. Y las declaraciones de José Díaz y la Pasionaria al respecto no tienen el menor valor porque, como también sabemos, los dos próceres no dependían de Stalin para nada, eran incluso enemigos de él.

    Ainda mais: "Negrín trató de llegar a algún tipo de acuerdo, pero chocó con la resistencia de Franco, que no quería una paz convenida". Lo intentó, claro, cuando estaba abocado a la derrota total, y con la idea de meter a otras potencias que garantizaran, probablemente, la partición del país; Azaña tiene unas expresiones burlescas sobre esos intentos de Negrín, que quizá se le hayan pasado por alto al maestro del rigor.

    "Franco explica la guerra en clave anticomunista para amedrentar a las democracias occidentales". Muy bien, ¿y cómo consiguió amedrentarlas, si se trataba de una mentira tan flagrante como sostiene Viñas? ¿Es que esas potencias no tenían el menor conocimiento de lo que ocurría en España? ¿No tenían cuerpos diplomáticos, agentes de todas clases, informadores...? ¿O eran simplemente bobos?

    A Negrín, nos confía finalmente, "sólo le resta una resistencia funcional que le permita evacuar a los líderes republicanos más significados, pero tampoco resulta". ¡Cómo que no resulta! Todos los líderes importantes se fugaron, acompañados de inmensas riquezas expoliadas a particulares, a museos, a la Iglesia, al patrimonio artístico e histórico de España. Quienes quedaron, porque los dejaron abandonados Negrín y los suyos, tan preocupados en cambio por evacuar los tesoros, fueron personajes secundarios, sobre todo los sicarios más comprometidos en el terror contra la derecha, y a quienes los franquistas ajustarían cuentas muy estrechas.

    En fin, aclara: "Yo he defendido a Negrín desde pequeñito". Se nota. Viñas es "economista, diplomático, catedrático e historiador", dice la wiki. No dice que fue un cargo de cierta confianza en el gobierno franquista. Un olvido lo tiene cualquiera. El nivel intelectual de El País.

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sábado, 11 de agosto de 2012

La Junta de Andalucía promoverá una ley sobre la "memoria histórica" como vehículo para el adoctrinamiento y el proselitismo político


La Junta de Andalucía, gobernada con el apoyo de los 12 escaños "prestados" por IU (de los 109 que constituyen el Parlamento andaluz) , pretende promulgar una ley que llevará por nombre "de la memoria democrática andaluza", sobre la cual todo parece indicar que nacerá "desmemoriada", a tenor de lo que de allí y de allá vamos conociendo de la misma. De hecho, incluso antes de aprobarse ya ha la administración andaluza ha  nombrado a un director general de la Memoria Democrática de Andalucía (todo un logrado eufemismo con el que pretenden denominar a la ley en cuestión), y que, para más señas, es comunista de IU y se llama Luis Naranjo.
      Señala este nuevo cargo político "que es un mportante reto el que supone la elaboración de una ley de memoria democrática andaluza que permita  a la Junta de Andalucía estar presente de oficio en los procesos de exhumación de víctimas del franquismo."

    La Ley de la Memoria Histórica (socialista) de 2007 ya establece esta posibilidad. Por tanto da la impresión de que lo que se busca es otra cosa. Naranjo va más lejos cuando afirma que: “va a suponer también la posibilidad de que la Junta se persone a la hora de hacer denuncias ante la judicatura sobre las exhumaciones, puesto que son asesinatos y delitos que no han prescrito, crímenes de Lesa Humanidad, y éstos no prescriben nunca”. Llegados a este punto me surge una duda. ¿Qué tienen que ver las lógicas exhumaciones con que si son "asesinatos" y por tanto delitos que no han prescrito? Cuando uno estudia la represión marxista en cualquier lugar de España (en mi caso fue el Partido Judicial de Estepona) descubre que muchos ajusticiados por Franco lo fueron por delitos de sangre; por autoría o participación en asesinatos, ¿piensa denunciar también la Junta los crímenes cometidos por sus históricos correligionarios?

La  Ley de la Memoria Histórica socialista de 2007, a pesar de estar dotada de un cierto sesgado rasgo, al menos mantenía intactos y no interfería en los terrenos cívico, social, jurídico y educativo de las personas (si bien  los cubria la EpC). La nueva ley andaluza al respecto, sin embargo  pretenderá ahondar mucho más en la tergiversación de la Historia, pues Naranjo subraya que  confía "en la importancia de este marco legal para la participación de la Junta en todos los procesos de carácter educativo, cultural y mediático que tengan que ver con la recuperación de la verdad histórica". Aquí me surge otra duda. ¿Cuál es la "verdad histórica" de un militante comunista? ¿Está basada en la  objetividad histórica? Porque parece que el señor Naranjo olvida que la Historia es la Historia y la memoria es algo subjetivo que depende de quien la vivió; por tanto defenderla desde el prisma ideológico, no parece el mejor vehículo para hallar la "verdad histórica", aunque sí el mejor y más desaprensivo medio para llevar a cabo un soterrado proselistimo político y un campo abonado para el adoctrinamiento.

La verdad histórica  nos habla de militantes de un partido que mataban a su contrario por pertenecer a otra clase u opinar diferentes.La Historia nos muestras cosas como estas, dichas por Largo Caballero en la campaña electoral para las elecciones del 16 de Febrero de 1936: "Si triunfan las derechas nuestra labor habrá de ser doble, colaborar con nuestros aliados dentro de la legalidad, pero tendremos que ir a la guerra civil declarada. Que no digan que nosotros decimos las cosas por decirlas, que nosotros lo realizamos”. ¿Qué, vamos a decir estas cosas en los colegios y universidades? ¿Y estas, dichas  un día después?: “la clase obrera debe adueñarse del poder político, convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo, y como el que tiene el poder no ha de entregarlo voluntariamente, por eso hay que ir a la revolución”. Si vamos a contar toda la verdad, pero toda, será una buena Ley, pero mucho me temo que no; será otro vehículo de la discordia y otro "sacaero" de dinero de las arcas públicas.



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